domingo, 20 de diciembre de 2009

Investigaciones Filosóficas: §§ 5-10


Wittgenstein denomina como “enseñanza ostensiva de las palabras” (§ 6) a aquella enseñanza en la que se señala o muestra un objeto mientras se dice su nombre en voz alta. Así, el aprendiz tendría que estar en la capacidad de identificar a la palabra con el objeto señalado. Esta es, por supuesto, una forma de aprender el lenguaje como la que Agustín había descrito en la cita del § 1. Wittgenstein no niega rotundamente que tal modo de aprendizaje ocurra; ciertamente es un modo en el que los seres humanos comienzan a aprender algunas palabras. Pero la “enseñanza ostensiva” por sí sola no genera el aprendizaje complejo del lenguaje: quiero decir, el aprendizaje verdadero (quiero decir, el aprendizaje íntimo y efectivo). La “enseñanza ostensiva” se da y ayuda (quienes hemos tenido la oportunidad de estar constantemente cerca de un niño de 2 años o menos podemos verificarlo), pero las consecuencias reales y profundas del aprendizaje del lenguaje dependen del modo de instrucción que acompañe a la enseñanza ostensiva: la comprensión del significado y sentido de la palabra puede ser enteramente diferente. Es decir, hay múltiples sentidos en que la enseñanza ostensiva puede darse.

Para aclarar esto, Wittgenstein lanza otra imagen: el movimiento de una palanca pone el freno en un vehículo; pero tal palanca no está por sí sola, sino que es parte de todo un mecanismo. Sólo como parte del mecanismo es que la palanca funciona para darle freno al vehículo. En un mecanismo diferente, la palanca puede tener otra función; y separada del mecanismo, deja incluso de ser una palanca. Así, la “enseñanza ostensiva” no actúa por sí sola en el aprendizaje del lenguaje. Más bien, ella es parte de toda una forma de instrucción que va mucho más allá de la simple transmisión de conceptos: “El aprendizaje del lenguaje no es aquí una explicación, sino un adestramiento.” (§ 5)

En el § 7 Wittgenstein habla por primera vez de los “juegos de lenguaje” (Sprachsiele). Este no es un concepto sencillo; y ello es así precisamente porque no se trata de un concepto, tal como lo entendemos usualmente. Hay varios sentidos en los que Wittgenstein utiliza la expresión, y hay que estar atento al contexto en que ella aparece, para captar a qué se está haciendo referencia. Esto es propio del modo de filosofía que quiere Wittgenstein: no necesitamos encasillar en uno o dos sentidos a la noción de los “juegos de lenguaje”, por el contrario, es absolutamente necesario que estemos totalmente abiertos a comprender tal expresión como algo que puede tener múltiples lecturas. En cada caso se requerirá de una comprensión diferente del término (aunque, ciertamente, no una enteramente diferente –esto se aclara aforismos más adelante). En esta primera mención, Wittgenstein se refiere a los “juegos de lenguaje” para identificar más de una cosa:

  • los modos de lenguaje primitivo, tal como el de los albañiles A y B del § 2;
  • la totalidad del lenguaje y las acciones que están entretejidas con él;
  • los procesos ostensivos de aprendizaje de lenguaje.

Repito, esta no es una descripción exhaustiva de cómo puede ser utilizado el término “juegos de lenguaje”. Se trata sólo de los sentidos que en este caso quiere resaltar Wittgenstein.

Tras esto, se nos pide que imaginemos (siempre, que imaginemos) un juego de lenguaje que estaría compuesto por no más que:

  • Las cuatro palabras del lenguaje de los albañiles en el § 2: “cubo”, “losa”, pilar”, “viga”.
  • La serie de letras del alfabeto utilizadas cual si fueran numerales (utilizadas para contar).
  • Dos palabras: “allí” y “esto”, que se usan acompañadas de un ademán demostrativo con la mano o con un gesto.
  • Una cantidad de muestras de colores (como la del vendedor de frutas del § 1).

Este sería un lenguaje primitivo en el que las expresiones serían más o menos del tipo: “d-losa allí” (haciendo un ademán hacia un lugar en específico mientras de dice “allí” y enseñando uno de los colores de la muestra). Ello debería ser suficiente para dar a entender cuántas losas, de qué color, y en dónde se quieren poner. (Supongamos que se muestra el color rojo y se señala una mesa: la persona deberá tomar una loza por cada letra del abecedario hasta la d, y llevarla a la mesa.)

Pero Wittgenstein se pregunta entonces: en un tipo de lenguaje así de primitivo ¿es suficiente la enseñanza ostensiva?, ¿con ella es que se ha aprendido a usar los numerales, por ejemplo? ¿Y ocurre lo mismo con las palabras “allí” y “esto”?, ¿qué se señala para enseñar tales palabras?, ¿no supone el aprendizaje de ellas, el mismo aprendizaje del señalar? Pero además, incluso en el caso de las palabras “losa”, “pilar”, etc., ¿se trata allí sólo de un aprendizaje ostensivo?, ¿cómo se sabe que cuando se señala se está indicando al objeto losa, y no simplemente al objeto con forma cúbica (con lo que se ampliaría la comprensión de lo que es “losa”)?

Decir que hay palabras (como los sustantivos) que se aprenden simplemente porque designan objetos, es simplificar un problema que puede traer más malentendidos. En realidad, conocemos “el modo y manera” en que “losa” se refiere a tal objeto; es decir, conocemos el uso que hacemos de la palabra, no simplemente lo que ella designa. “¿Cómo debe mostrarse lo que [tales palabras] designan si no es en su modo de uso?” (§ 10) Es claro, entonces, cómo a pesar de las simplificaciones que se hacen sobre la noción del aprendizaje del lenguaje, el uso de las palabras no es semejante, sino que es “totalmente desigual.” Hay diversos modos y sentidos en los que ponemos en práctica al lenguaje.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Investigaciones Filosóficas: §§ 1-4


Wittgenstein decide iniciar con una cita a Agustín, en donde se da una descripción de cómo sería el aprendizaje del lenguaje. De tal descripción se pueden sustraer las siguientes conclusiones:

  • Las palabras tienen un solo significado.
  • Las palabras expresan los deseos internos, no los conforman.
  • Las palabras (y sus significados) se aprenden por repetición.
  • Los diferentes contextos en los que son utilizadas las palabras no alteran sus significados.
  • Las palabras son signos que hacen referencia a cosas.
  • Tales signos deben ser utilizados del modo correcto en las oraciones, que son combinaciones de signos.

A partir de esto, Wittgenstein constata cómo Agustín no diferencia entre ‘géneros’ de palabras. Por ello, la descripción que se hace del lenguaje parece referirse sólo a lo que ocurre con los sustantivos (‘casa’, ‘perro’, ‘mano’), más no hace referencia a palabras que funcionan como adjetivos, o como nombres de ciertas acciones, o como modos de saludo, etc. Tales otros géneros de palabras parecen ser pensados como “algo que ya se acomodará.”

Teniendo esto en cuenta, Wittgenstein lanza su famosa imagen de la persona que va a comprar “cinco manzanas rojas”. El vendedor del caso actúa básicamente mirando signos y comparándolos con los que están en la nota que le alcanzan. Pero, ¿cómo sabe el vendedor dónde y cómo debe consultar las tablas? Wittgenstein se responde: “yo asumo que actúa como he descrito. Las explicaciones tienen en algún lugar un final.” Así pues, aquí Wittgenstein no habla de los posibles significados que podrían tener las palabras ‘cinco’, ‘manzanas’ y ‘rojas’; habla más bien del modo en que tales palabras son utilizadas, de cómo se actúa en base a esas palabras. ¿Hay acaso argumentos para ese modo de actuar? ¿No se trata simplemente de una acción que se realiza naturalmente después de que se ha dado el aprendizaje? Y tal aprendizaje, ¿es aprendizaje de significados, o de modos de actuar?

La segunda imagen que se nos lanza es la de los albañiles A y B (§ 2), que utilizan un lenguaje al que se podría aplicar la noción agustiniana antes citada: una palabra se identifica con un objeto. Sólo se usan sustantivos, no hace falta más. Wittgenstein califica a este como un modo primitivo de usar el lenguaje; un modo que no es el único y que no es suficiente para describir al lenguaje en su totalidad. Este es “un sistema de comunicación; sólo que no todo lo que llamamos lenguaje es este sistema.” (§ 3) (Del mismo modo en que todos los juegos no son juegos de tablero.)

Vemos entonces que Wittgenstein no rechaza de lleno a la noción de lenguaje que considera que las palabras hacen referencia a las cosas; más bien, él cree que aunque es posible describir ciertos usos a partir de esa noción, ella es incompleta. Esto no significa, sin embargo, que se esté considerando que de algún modo el lenguaje sí es representativo: simplemente se dice que hay palabras que, en su uso, hacen referencia a objetos de la realidad que podemos señalar.

A estas alturas (§ 4), quisiera hacer notar la cantidad de imágenes que ya ha utilizado Wittgenstein para aclarar lo que va diciendo. Una de las experiencias más ricas en la lectura de este autor es la constante apelación que se hace a la imaginación del lector, para que él vaya comprendiendo desde diferentes perspectivas lo que se está queriendo decir. Esto es muy importante, y para saberlo apreciar hay que ser muy cuidadosos: Wittgenstein no lanza ejemplos, él no quiere que simplemente se compare lo que dice teóricamente con lo que ocurre prácticamente en el caso del ejemplo. Más bien, Wittgenstein lanza imágenes: se desea encender el intelecto del lector en un modo muy diferente al usual. Los ejemplos sólo sirven como constatación; las imágenes de Wittgenstein, por el contrario, sirven para dar a entender la esencia misma de lo que se está queriendo decir. En el Prólogo se anunciaba que los temas habían sido tratados una y otra vez en el libro, volviendo sobre ellos a partir de diferentes perspectivas. Eso es lo que ocurre con las imágenes de Wittgenstein: lo que él desea es que el problema sea contemplado bajo diversas luces, que nuestra relación con él no sea unilateral, y que no sea puramente intelectual, sino que provoque un compromiso emocional del lector. Wittgenstein quiere encender nuestra imaginación para que a partir de ella sepamos acercarnos pluralistamente a los problemas -sin encerrarnos en la unilateralidad de la perspectiva de la Verdad-, y para que nos relacionemos cercanamente con ellos, no como si fueran metas trascendentes que tenemos que alcanzar. Ya para el cuarto parágrafo Wittgenstein ha utilizado cuatro imágenes: las “cinco manzanas rojas” (§ 1); los albañiles A y B (§ 2); todos los juegos no son juegos de tablero (§ 3); la escritura con letras que sirven para designar sonidos, acentuación y puntuación (§ 4).

viernes, 18 de diciembre de 2009

Lo cotidiano: el cómic

La cotidianeidad no es una característica común en el cómic. Por el contrario, este es un arte que suele crear mundos fantásticos y llenos de situaciones no corrientes; por naturaleza, el cómic se aleja de lo cotidiano. Hay, sin embargo, algunas excepciones con las que me he encontrado.

Para empezar, hablar de lo cotidiano en el cómic obliga a pensar casi inmediatamente en la obra American Splendor de Harvey Pekar.


American Splendor es un cómic autobiográfico que se dedica a contar el día a día de la vida del autor: los problemas del trabajo, las relaciones con los colegas, con las parejas, las pequeñas cosas que ponen ansioso cada día, se convierten en tema central del cómic. Aquí, lo cotidiano se muestra explícitamente. Pekar se aleja con placer manifiesto de lo fantástico, de lo estereotipado. El lenguaje utilizado siempre es el más coloquial.


Otro cómic autobiográfico que admiro mucho es Paracuellos, del español Carlos Giménez. Allí se narra la vida de los niños internados en los hogares de Auxilio Social, luego de la guerra civil española. El cómic es doloroso, triste, muy emotivo, pero a la vez tiene momentos de juego, de ingenuidad y ternura. Lo cotidiano aquí no se muestra como la situación ordinaria y no sorprendente, por el contrario, lo cotidiano no deja de exigir una actitud siempre alerta, siempre dispuesta a la inventiva con tal de que se logre comer lo suficiente cada día.


Pero no sólo los cómics autobiográficos tienen la capacidad de partir de la cotidianeidad para generar su arte. Está, por ejemplo, el Ghost World de Daniel Clowes, que nos muestra la vida adolescente auténtica que se aleja de los clichés y se posa en un día a día un poco angustiado, un poco rebelde, un poco conformista, un poco alienado: muy adolescente. No creo que la obra de Clowes funcione como juicio moral; funciona como descripción del lento paso del aburrimiento cotidiano que no está seguro de qué dirección tomar. Lo absurdo de la sociedad no se nos muestra para que nos pongamos a llorar; se nos muestra para que nos identifiquemos. He allí una característica principal del acercamiento a la cotidianeidad: se describe, no se explica.


Amo a Neil Gaiman. Me parece un súper capo de los cómics. Él suele ser un creador de alucinaciones inteligentes, por lo que casi nunca creo encontrar a lo cotidiano expresado en sus obras. Pero después de que Alan Moore terminó con una de sus mejores obras (a mi juicio): Miracleman, Neil Gaiman tomó la posta y continuó con el desarrollo de la historia. Moore había creado una utopía ejemplar de la que no parecía posible extraer alguna continuación que esté a la altura. Sin embargo, Gaiman se encargó de demostrar que él sí era capaz. El plan de Gaiman no pudo ser culminado, apenas escribió la primera parte (y un poco de la segunda) de las tres que quería escribir. Allí, Gaiman toma el mundo utópico que había construido Moore, y se posa en la cotidianeidad de los ciudadanos que viven en él, que aun intentan aprender cómo sobrevivir a él. Gaiman se inserta tan profundamente en la fantasía que llega a sus bases. Explora las problemáticas que surgen en las personas imperfectas que han sido sometidas a vivir en un mundo perfecto. Aquí se crea una cotidianeidad, se la moldea complejamente.


Por último, quisiera mencionar al argentino Liniers y su cómic Macanudo. Las cosas que se presentan allí son tan cotidianas y ordinarias que llegan a ser mágicas. Liniers tiene una habilidad increíble para sacar de cada cosita algo especial. Realmente una de las cosas que más disfruto leer. Fíjense en cómo el día a día surge adornado de la más inocente sabiduría en las tiras de Macanudo.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Investigaciones Filosóficas: el Prólogo

Me he propuesto, para este verano, hacer una lectura detenida de las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein. Así que talvez en adelante se venga una serie de post que comenten o intenten aclarar(me) ciertos pasajes de esa obra. Empecemos, entonces, por donde se empieza.


Los prólogos de Wittgenstein son los más sinceros que he leído en mi vida. Nadie como él para plasmar en unos cuantos párrafos toda la carga emocional con la que escribe su filosofía. Son prólogos que más que introducir a la temática del libro, introducen a su espíritu, a su motivación emocional. Convencen, precisamente, porque conmueven.

El Prólogo de las Investigaciones inicia con una confesión: Wittgenstein intentó realizar un libro sin fisuras, secuencialmente fluido, que vaya ordenadamente de un tema a otro. Tal objetivo no se ha logrado:

“Tras varios intentos desafortunados de ensamblar mis resultados en una totalidad semejante, me dí cuenta de que eso nunca me saldría bien. Que lo mejor que yo podría escribir siempre se quedaría sólo en anotaciones filosóficas; que mis pensamientos desfallecían tan pronto como intentaba obligarlos a proseguir, contra su inclinación natural, en una sola dirección. –Y esto estaba conectado, ciertamente, con la naturaleza misma de la investigación.”

Hay muchas cosas que resaltar aquí. En primer lugar, aquí hay un claro énfasis en la importancia del pluralismo. Yo no soy de los que cree que aquí simplemente se está expresando una anécdota sobre la experiencia de escritura de Wittgenstein. Aquí, más bien, se expresa ya una de las nociones más importantes del acercamiento filosófico del libro al lenguaje y a la ética: existe la posibilidad de acercarnos a partir de varias perspectivas a un problema, con lo que es posible iluminar varios aspectos de él, no sólo uno. Ya hay aquí una enseñanza. Wittgenstein hace énfasis en cómo no ha seguido “una sola dirección”, sino que ha sido necesario que abarque los temas desde varios puntos de vista. Sobre el mismo tema más tarde dirá:

“Los mismos puntos, o casi los mismos, fueron continuamente tocados de nuevo desde diferentes direcciones y siempre se esbozaron nuevos cuadros.”

Esta no es una simple descripción del modo de trabajo; es una afirmación de la importancia de no perderse bajo las sombras del punto de vista único.

Pero hay una cosa más que quisiera resaltar del primer pasaje citado. Allí hay una excelente muestra de la sinceridad filosófica de Wittgenstein. El modo en que dice haber realizado su libro, lleno de fisuras, de saltos en zigzag, de retratamientos de los temas desde diferentes perspectivas, nace de la sinceridad con la que ha realizado su filosofía. Ha tenido que realizarla así, ya que así se lo obligaba su naturaleza; hacer otra cosa, no hubiera sido más que una alienación. La auténtica manera de filosofar es aquí la que sigue la propia, la subjetiva, la íntima “inclinación natural”.

Cabe notar además, cómo aquí se expresa perfectamente la moral que exige Stanley Cavell (hasta donde yo la entiendo) cuando intenta conjugar la autenticidad y autoconfianza de Emerson con el retorno a la cotidianeidad de Wittgenstein y de Austin. Para Cavell el retorno a lo cotidiano (recordemos la frase wittgensteniana: “reconducimos las palabras de su empleo metafísico a su empleo cotidiano”) es el retorno a aquel lugar en el que realmente se conforma nuestra vida, en el que realmente nos encontramos con nosotros mismos, con nuestros complejos e imperfectos modos de concebir el mundo, de vivir en él: nos encontramos con lo que realmente somos. Así pues, el retorno a lo cotidiano está íntimamente ligado con la importancia de la autenticidad, de la sinceridad con uno mismo, del rechazo a lo cínico, a lo alienado (en donde entra lo que Cavell llama el ‘perfeccionismo’ de Emerson).

Wittgenstein, al decir que él tenía que seguir la naturaleza de su pensamiento, está diciendo que es un acto de honestidad con su trabajo, consigo mismo, el que haya seguido ese camino. Y tal camino es calificado por él mismo como imperfecto. Wittgenstein ha descendido su modo de filosofar a lo cotidiano: cambiante, plurivalente, inconexo, defectuoso. Aceptación de que tal es la propia naturaleza. Autenticidad. La filosofía de Wittgenstein (y en particular este prólogo) es ejemplo perfecto de la moral que quiere Cavell.

Hay un último pasaje del Prólogo que quisiera comentar:

“Hace cuatro años tuve ocasión de volver a leer mi primer libro (el Tractatus logico-philosophicus) y de explicar sus pensamientos. Entonces me pareció de repente que debía publicar juntos esos viejos pensamientos y los nuevos: que estos sólo podían recibir su correcta iluminación con el contraste y en el transfondo de mi viejo modo de pensar.”

No es fácil entender esta afirmación. Ciertamente, no parece tratarse simplemente de que el Tractatus funciona aquí como simple objeto de oposición. Parece decirse, más bien, que el pensamiento del Tractatus, aunque tiene “graves errores” (como dice luego), aporta algo a las Investigaciones Filosóficas. Hay, por supuesto, quienes intentan encontrar una ligazón importante entre ambos libros. Hay quienes, por el contrario (y son la mayoría), simplemente los tratan como libros opuestos. Yo no estoy seguro de qué pensar sobre esto. Creo que sí hay razones para pensar en coincidencias entre ambos libros (sobre todo por las intenciones éticas que los subyacen), pero creo también que los desarrollos filosóficos se contradicen claramente entre sí. En el pasaje citado, Wittgenstein bien podría estarse refiriendo a su constante noción de que es necesario pasar por el error para llegar a la verdad, o de que a partir del error surgen los más fructíferos pensamientos. Pero como señalé antes, el Tractatus parece estar siendo referido aquí como algo más que como un error. Más que esto, ya no sé decir.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Hellsing (manga)

Ando leyendo por primera vez un manga japonés, Hellsing, del escritor y dibujante Kouta Hirano. La verdad, lo ando disfrutando mucho, por el modo tan diferente en que usa el lenguaje de la narración por viñetas, en relación con los clásicos cómics. Sería demasiado atrevido para mí hablar de las características del manga en general, ya que, como dije, este es el primero que leo. Pero sí me gustaría resaltar algunas de las características que más me han llamado la atención hasta ahora de Hellsing en particular.

Para empezar, creo que resulta muy importante recordar cómo aquí ocurre lo que me parece pasa casi siempre en los mangas: el guionista es el mismo que el dibujante. Esto resulta muy importante, porque se logra con más éxito la perfecta simbiosis entre palabra e imagen. En muchos casos del cómic se sienten a ambos aspectos muy separados, e incluso, se siente que cada uno va intentando lucirse por su cuenta, mostrando cada uno sus dotes en su propio campo de composición. Ello, por supuesto, le quita riqueza y profundidad a la obra. En Hellsing es muy claro que eso no ocurre; la narración no se limita a las palabras, sino que se expande con total naturalidad a las imágenes, que en muchas ocasiones muestran po sí solas lo que otros hubieran puesto en palabras.


Esto permite darle lugar a una característica que -como Scott McCloud lo describe en su Understanding Comics- es común en los mangas japoneses: la narración es mucho más pausada, pone en suspenso a la prisa de la acción, y aun cuando esta es más vertiginosa, se da su tiempo para la contemplación cautelosa, para la descripción serena pero intensa de los contextos, tanto en imágenes, como en palabras.

Muchas páginas son invertidas en la muestra de hechos que podrían ser descritos rápidamente. En uno de los momentos más crueles de la historia, son 11 páginas seguidas las que se dedican a describir lentamente la matanza masiva. Se separan imágenes de textos. Se aumenta pacientemente el ambiente de terror.

Además, me encanta el uso de diferentes técnicas de dibujo que se usan en una misma página, e incluso en una misma viñeta, para mostrar diferentes tipos de actitudes de los personajes.

Hay aquí, claramente, una nueva forma de crear emociones. Una y otra vez se nos muestran pedazos incompletos del cuerpo; hay mucha más concentración en los primerísimos planos que en los planos amplios. Aquí ayuda mucho el blanco y negro de las imágenes.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Lo cotidiano: la comedia

La comedia que más disfruto es la que está basada en la conversación, la que busca la risa en el acto mismo del lenguaje; y considero que tal tipo de comedia tiene mucho valor porque nos permite reírnos sumergidos en lo más concreto de la vida, en lo más cotidiano, y por lo tanto, en donde se conforman todos los valores de nuestra vida, en donde nos hacemos lo que somos. Es, por lo tanto, un vehículo perfecto para acercarnos a nosotros mismos, aceptando en la risa la imperfección de lo cotidiano, de lo que somos enteramente. Sarcasmo triunfante, en vez de negación alienada. La risa que generan estas comedias, basadas en el acto de la conversación más cotidiana, me parece la risa más sincera, la que más conectada está con lo que somos nosotros mismos: nos reímos de nosotros para acercarnos a nosotros, para conocernos a nosotros.

Por supuesto, la serie Seinfeld, creada por Jerry Seinfeld y Larry David, es un perfecto ejemplo de este tipo de comedia –al menos en sus primeras temporadas. En Seinfeld la risa es provocada a partir de las situaciones más concretas, de las conversaciones más cotidianas y casuales. Veamos el siguiente ejemplo, probablemente uno de los más radicales de la serie, en donde los personajes se dedican a nada más que a conversar entre sí por un episodio completo, mientras esperan a que una mesa de un restaurante se desocupe:



El siguiente es uno de los mejores diálogos de la serie, sobre las características de una mujer. ¿Cuántas veces al día tiene la gente conversaciones de este tipo?



Otra comedia que se posa en lo más ordinario de la vida para sacar de ahí inacabable material es Curb your enthusiasm, de Larry David (uno de los creadores de Seinfeld). Fíjense cómo toma tiempo en pequeñas cositas concretas que para cualquier otra comedia serían innecesarias; y cómo la conversación es un factor primorial:






Así además, Larry David se permite reírse de aquello que parece intocable: si descendemos al nivel de lo cotidiano, des-santificamos problemáticas que no nos habíamos atrevido a tocar antes, y que ahora no tenemos ningún problema para enfrentar. Como he venido diciendo, descender a lo cotidiano es encontrarse con lo que uno mismo es sinceramente, no esconderse de aquello que no nos gusta, que no nos parece conveniente. Hay aquí una aceptación y una celebración de lo que uno realmente es. Rechazo al serio cinismo. Risa explícita y concreta de nuestros defectos. Posarse sobre lo cotidiano es aceptar que vas a embarrarte, y disfrutar con ello.