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martes, 23 de febrero de 2010

Contra la ociosidad

CONTRA LA OCIOSIDAD
En busca de una moral cotidiana más responsable

“¡que la paz sea con nosotros!, ¿cómo no se nos había ocurrido antes?”

André Glucksmann

Estalla la guerra, una y otra vez. Y ya no sorprende. El siglo XX nos ha vuelto inmunes al escándalo por el evento más confuso y a la vez revelador para la ética humana. Miramos hacia Irak, hacia Palestina, hacia Ayacucho, y ya no hay vergüenza: sincera vergüenza. Sostengo, a mi pesar, que las perspectivas habituales que tenemos frente a la guerra se han vuelto ingenuas, irreflexivas, simplistas, ociosas. Enfrentamos al conflicto desde afuera, y no atinamos a más que a diferenciar dos bandos, a jugar a los soldados y a los monstruos, a obviar la singularidad de cada sujeto, de cada circunstancia, de cada contexto. A Palestina y a Ayacucho las llamamos ‘guerra’: el mismo nombre maldito para tan distintos eventos. Gritamos ‘¡paz!’, gritamos ‘¡basta!’, gritamos ‘¡terrorismo!’: y nuestras palabras, carentes de profunda y comprometida reflexión, no suenan a más que a cacofonía.

Se nos ha hecho habitual diferenciar, con desenvuelta facilidad, entre un bando representante de ‘lo bueno’ y otro representante de ‘lo malo’. Cerramos los ojos, tapamos nuestros oídos, y defendemos con tanta vehemencia e inocencia nuestra esquina como cuando atacamos a la de enfrente. Esta es una actitud que no sólo se puede identificar en la sociedad nacional, sino también más allá de ella: cuando estalló la guerra en Irak, y Europa quedó en medio de la discusión por si la acción norteamericana era justa o no, los medios de comunicación europeos no tardaron en darle lugar a su ociosidad, y diferenciar entre aquellos países representantes ‘de la guerra’ y aquellos otros ‘de la paz’[1]. Problema zanjado; nada más que examinar. O estas con nosotros, o estás en contra de nosotros. La complejidad conformada por los innumerables detalles del problema ético, político, legal, psicosocial, cultural, queda hecha a un lado sin que siquiera hayamos notado su presencia.

Concreticemos el asunto: dejemos de hablar de ‘la’ guerra, de ‘la’ paz. Escapemos de lo abstracto y acerquémonos a una guerra vivida, a una paz perdida. Mi interés se centra en el conflicto armado sufrido por el Perú en las décadas de los 80 y los 90[2]. ¿Cómo se afrontó el problema?, ¿cómo lo seguimos afrontando hoy en día?, ¿qué perspectivas tenemos sobre él? Gritamos ‘¡nunca más!’, pero, ¿hemos bostezado después de gritar?, ¿hemos reflexionado antes de gritar? Todos coincidimos en una cosa: hay que exterminar al terrorista, hay que condenarlo con la más dura pena. Pero, ¿quién es el ‘terrorista’?, ¿cómo es el ‘terrorista’?

‘Terrorista’ es, hoy en día, una categoría maldita. Categoría irrefutable que, una vez aplicada, se hace prácticamente indeleble en el sujeto condenado. Así, el campesino mira al hermano del que una vez fue subversivo y lo condena socialmente: hermano de ‘terrorista’: hermano de lo maldito. Sólo hay dos opciones, o estás del lado de ‘la guerra’, o estás del lado de ‘la paz’; tu subjetividad no cuenta, los diversos factores que conforman tu identidad no están en juego: está en juego el lado con el que te identificas. Negro o Blanco. Dogmatismo. Así, el fan fujimorista mira a la madre del asesinado en el banco del costado, y no duda en aplicarle la categoría maldita, no duda en tacharla contundentemente. ¿‘Madre de presunto terrorista’, le dice? No. ‘Terrorista’. Condenada. No estás conmigo, debes estar del otro lado. Dos áreas separadas radicalmente.

La filosofía del siglo XX se ha caracterizado por intentar darle todas las luces a una convicción: la realidad no es simple, es muy compleja, está conformada por abundantes diferencias, por constantes cambios, nos acercamos a ella siempre desde diversas perspectivas irreductibles a algún análisis único y completamente lógico e intelectual. Epistemológica y éticamente, ya no sirve de nada diferenciar entre dos bandos (lo falso y lo verdadero, lo malo y lo bueno). Esto trae consigo otra cuestión: nosotros, como sujetos, nos conformamos bajo múltiples (innumerables) condiciones. Nuestra identidad tiene que ver con múltiples factores circunstanciales y contextuales que la constituyen psicológica, social, emocional, intelectualmente. Y ni siquiera podemos hablar de una identidad estable: filósofos como Kierkegaard y Nietzsche estaban convencidos de que somos sujetos con varias identidades en constante movimiento, en constante cambio, e incluso en constante conflicto entre sí.

Cuando diferenciamos con tanta facilidad y pereza entre un lado representante del bien y otro del mal en un evento como la guerra, pasamos por alto, irresponsablemente, todos los factores recientemente señalados. Vemos un panorama amplio, simplificado y abstracto, y no nos comprometemos con lo que ocurre en detalle, con lo que pasa con cada sujeto, con cada identidad, con cada circunstancia. Contemplamos un juego de Risk, y no un evento humano. No vemos individuos, vemos dos bandos abstractos enfrentándose entre sí.

Tal fue la perspectiva que se tuvo, trágicamente, al inicio de la guerra interna sufrida en el Perú, por parte de los mandos políticos, civiles y militares del Estado. Permítanme, para explicar esto mejor, acudir a dos nociones sobre el terrorismo que André Glucksmann dice podemos tener.

Por un lado, podemos concebir democráticamente al evento del terrorismo, y por otro lado, lo podemos concebir autocráticamente. Una consideración democrática del terrorismo lo define como la acción del hombre armado que arremete deliberadamente contra seres que están desarmados e indefensos. Aquí, el terrorismo es enemigo público del público; es la población civil inocente la que es vista como el blanco principal del terror. Por otro lado, una consideración autócrata del terrorismo, lo define como la acción del hombre armado que arremete deliberadamente contra un Estado. Aquí, el terrorismo es enemigo público de una organización de poder legal, sea la que sea, y haga lo que haga. A quien hay que defender es a la gran organización.

Las definiciones de Glucksmann me parecen pertinentes porque permiten diferenciar dos formas de responder al terrorismo: una que se preocupa explícitamente por el bienestar y la paz de cada uno de los sujetos inocentes que se encuentran en medio de una guerra no decidida por ellos; y otra que se preocupa explícitamente por el orden del Estado mayor al que se está defendiendo, en donde lo que importa en el fondo no es cada individuo, sino la totalidad de la organización. Así pues, sostengo que al inicio de la lucha armada interna peruana, se tuvo, claramente, una noción autócrata del terrorismo. Sucedió que se careció de un análisis profundo de la situación, y por lo tanto de una estrategia responsable: la lucha antiterrorista se plasmó en una lucha por la simple destrucción del mal. Se estuvo lejos de que se diera una lucha democrática, que se preocupe a fondo por los sujetos particulares inocentes que estuvieron entrometidos en el conflicto. Se diferenció de forma muy básica entre un lado defensor del Estado y un lado enemigo del Estado. Dos bandos. Panorama amplio, simplificado y abstracto[3]. Particularidades y complejidad: desatendidas[4].

Ahora bien, tal actitud simplista no estuvo sólo en las perspectivas que tuvo alguna vez el Estado para enfrentar la situación, sino que fue también base para el pensamiento del movimiento subversivo Sendero Luminoso (SL), que necesitaba de una apreciación radicalmente dogmática de la realidad para darle lugar a su levantamiento armado. La ideología senderista -aquello que se conocía como el ‘pensamiento Gonzalo’- se basaba en la convicción básica e irrefutable de que no había verdad válida más allá de lo que ella consideraba: todo grupo social, toda institución que no fuera parte del Partido, se convertía inmediatamente en un enemigo a eliminar. O estabas con el proyecto, o estabas en contra de él. La división era radical: lo propio es lo intrínseca y definitivamente bueno, lo ajeno lo intrínseca y definitivamente malo. Esto se ve reflejado en las lecturas y estudios ortodoxos que tuvieron de Mariátegui y de Marx, y en cómo la ideología senderista estaba, para ellos, en categoría de ciencia definitiva e inquebrantable. Frente a esta idea, todo lo demás estaba errado.

Veamos sino, algunos pasajes de unos discursos que pronunció Abimael Guzmán a los miembros del partido entre junio de 1979 y abril de 1980, antes de que se de comienzo a la lucha armada. La retórica de Guzmán tiene obvias resonancias religiosas, llegando en algunos momentos a parafrasear pasajes de la Biblia. La intención del líder senderista era la de darles a los jóvenes partidarios la sensación de que no se enfrentaban simplemente a una perspectiva más del mundo, sino a la perspectiva definitiva, a la verdad única de la que había que convencerse. Por ejemplo, uno de los discursos inicia con la siguiente frase bíblica: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos.” La militancia debía ser, según el ‘pensamiento Gonzalo’, una experiencia de carácter religioso, una forma de estar en armonía con un proyecto que no era simple capricho de algunos hombres, sino que era parte del orden cósmico que sigue la Historia. Hay una clara convicción teleológica en la ideología que guiaba a SL. Por ello es tan sencillo diferenciar entre dos bandos: uno cargado con la verdad y otro enemigo de ella. Al enemigo había que exterminarlo: “El pueblo se encabrita, se arma y alzándose en rebelión pone dogales al cuello del imperialismo y los reaccionarios, los coge de la garganta, los atenaza; y necesariamente los estrangula, necesariamente.”

Existía una práctica común entre los miembros del Partido que revela esta necesidad de aceptar al Gran Relato senderista como la única verdad. Aquellos en los que asomaba un intento de cuestionar los mandatos o los ideales establecidos, eran sometidos a lo que era conocido como la ‘autocrítica’, en donde eran obligados a enumerar defectos propios, con todo el ensañamiento posible hacia sí mismo. Todo síntoma de cuestionamiento debía desaparecer: no habían grietas en los ideales partidarios promovidos por el líder de la organización. Esto hace claro cómo no interesan los sujetos en sí mismos, sino el objetivo general. Las individualidades significaban poco o nada: la realidad no está conformada por una multiplicidad, sino simplemente por el Bien promovido en el ‘pensamiento Gonzalo’, y por el Mal que se oponía a él. Así pues, SL utilizaba conciente e intencionalmente al terror como algo que todos debían interiorizar, para que se instaure como un juez supremo del camino que había que elegir.

Retornemos, ya para cerrar el ensayo, a la perspectiva que tomábamos al inicio. Hemos examinado ligeramente cómo la actitud que califico como simplista e irreflexiva estuvo presente como un germen en los actores principales del conflicto, en aquellos que dieron lugar, activamente, a la guerra. Pero al inicio me refería a la perspectiva que tenemos de la guerra desde afuera, a cómo nuestra conciencia cotidiana obvia los elementos complejos y múltiples que conforman al evento y sólo saben diferenciar a dos bandos. Estalla ‘la guerra’; grito ‘¡la paz!’, sin siquiera haberme dado un respiro para reflexionar sobre las características del suceso.

En el caso peruano, ocurre algo que a mi juicio es muy trágico y muy revelador de la falta de compromiso con la sociedad de la que somos parte. En nuestro país, hay un desinterés profundo por el sufrimiento de personas que están en nuestro mismo territorio, y que por lo tanto, a pesar de las abundantes diferencias culturales, son parte de la misma identidad nacional de la que nosotros somos parte. Es un desinterés que se confunde íntimamente con el desconocimiento de los hechos ocurridos en el Perú. Al limeño promedio le mencionas Lucanamarca, Chungui, Uchuraccay, Soccos, y no tiene idea de lo que se le está hablando. Masacres espantosas que no hicieron ni sombra en las conciencias de aquellos que no fueron tocados directamente por el sufrimiento[5]. Optamos por la inercia, por la ociosidad, por el desgano.

Así pues, la conciencia moral del peruano carga con un profundo desdén hacia la diferencia, hacia la pluralidad de “los distintos mundos sociales y culturales que componen nuestro país”[6]. Esto se convierte en discriminación étnica y social, y por lo tanto, en menosprecio de la complejidad de la que somos parte: nos hundimos en perspectivas simplistas de la realidad. Y esto tiene que ver, por supuesto, con que seamos una sociedad distraída y acostumbrada a no reflexionar sobre nuestros problemas públicos. No estamos dispuestos a discutir activamente sobre temas políticos, institucionales o éticos que influyen directamente en nuestros modos de vida. Estamos dañados por un serio déficit de atención, por una seria enfermedad del desinterés, del desgano. Ser más reflexivos con lo que nos rodea significa no sólo ser más responsables, sino además ser más concientes de quiénes somos: tener un mejor conocimiento de nosotros mismos, ser más sinceros con nuestra identidad, ser más autónomos. No somos ‘participantes activos’ de nuestra comunidad moral, y serlo supone un acto básico de autoconciencia y de autoconocimiento necesario en cualquier sociedad que pretenda superarse a sí misma.

***

Estalla la guerra; estalla el problema. Vocifera el ocioso que no se lo planteó nunca, que levantó las manos desesperada e irracionalmente para exigir la paz, y no consiguió más que tapar al sol y cubrir cada detalle de sombras que confunden la mirada y obligan a seguir el camino fácil: ‘diferenciemos rápidamente al bando bueno del bando malo; así sabremos hacia dónde mirar’. Necesitamos mirar de nuevo y mirar más hondo. Necesitamos enterarnos de que somos parte de una comunidad moral. Mirar más hondo, significa mirar hacia nosotros; significa procurarnos libertad. No basta con diferenciar al terrorista maldito del militar heroico: la complejidad de la realidad no sabe de valores morales.

No quiero decir que dejemos de protestar, que dejemos de levantar nuestra voz, que pensemos más de lo que hablemos. Hace bien salir a las calles a pedir un poco de justicia, un poco de verdad, un poco de paz. Pero no bastan las buenas intenciones. Debemos aprender las lecciones de lo que vivimos, de lo que decimos. Nuestras palabras suenan demasiadas veces a fácil y cómoda cacofonía.

No es un lujo, es una responsabilidad moral con nosotros mismos.

[1] Bush se dedicó a apoyar esta diferenciación ociosa cuando calificó a Irak como el ‘eje del mal’, atribuyéndole inmediatamente a las perspectivas cotidianas del conflicto la simpleza de considerar a un lado como el ‘bueno’, y al otro como ‘malo’ (tal como lo hizo antes Ronald Regan, cuando calificó a la URSS como el ‘Imperio del Mal’).
[2] Hay quienes consideran que el conflicto aun no termina, siendo evidente que aun quedan remanentes del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso. Creo que no es conveniente decir que el mismo conflicto continúa: las condiciones son muy diferentes. Sin embargo, no debemos subestimar a una amenaza que sigue siendo latente para individuos que están aun bajo el peligro de la opresión del grupo armado. Vale decir que el conflicto continúa y es necesario tomar las medidas del caso, pero siendo siempre concientes de las nuevas circunstancias que lo configuran.
[3] Todo ayacuchano, quechuahablante, estudiante universitario y simpatizante de cualquier movimiento de izquierda pasó a ser sospechoso por simple asociación.
[4] Un ejemplo paradigmático de esto sería el siguiente: al inicio del conflicto, antes de que se le encargue la lucha a las Fuerzas Armadas, se declaró en estado de emergencia a todo el departamento de Ayacucho, enviándose un fuerte número de policías a la zona. Entre ellos, se envió a 40 miembros de la unidad especializada los sinchis. Esta unidad tenía una formación en lucha contrasubversiva, lo que los capacitaba para exterminar a su enemigo, pero no para proteger a una población y sus derechos (lo que exige la noción democrática de la lucha antiterrorista). Los sinchis cometieron múltiples actos de violación de derechos humanos, generando rápidamente miedo y desconfianza en la población. Es claro que aquí no hubo una preocupación por los bienestares particulares de los sujetos sometidos al conflicto armado, sino que se tomó a cada uno de ellos como simples medios a usar para la consecución de un objetivo más alto: el orden general del Estado. (A esto es a lo que Salomón Lerner llama: el triunfo de “la razón estratégica”: “una disposición manifiesta a administrar la muerte y aun la crueldad más extrema como herramienta para la consecución de sus objetivos” [En el ‘Prefacio’ a la primera edición de la versión abreviada del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú, Hatun Willakuy.]).
[5] En el testimonio fílmico de la CVR, Para que no se repita, Ciro Alegría resalta cómo ante la muerte de ocho periodistas limeños en Uchuraccay hubo un gran revuelo en la capital. Pero en los meses siguientes, cuando 135 campesinos de la localidad murieron asesinados, sobretodo por la acción senderista, pero también la de las fuerzas del Estado, nadie alzó un dedo de alarma.
[6] Salomón Lerner, ‘Prefacio’ a la segunda edición de la versión abreviada del informe de la CVR, Hatun Willakuy.

viernes, 22 de enero de 2010

Contra la ociosidad

Hace muy poco he comenzado una investigación que bien me podría tener ocupado por toda la vida: ella se refiere al conflicto armado interno que sufrió el Perú en las décadas del 80 y el 90, y a las perspectivas que han quedado de él, indagando cómo ellas influencian en la conciencia de nuestra sociedad a niveles particulares y a uno general. Como dije, mi investigación tiene para rato, y yo recién comienzo a plantearme múltiples preguntas y respuestas personales sobre el tema. En realidad, la perspectiva moral que se podría extraer de mis reflexiones no tendría porqué limitarse al evento particular peruano, sino que bien podría significar una reflexión de alcances mucho más amplios. Por ahora, mis investigaciones y reflexiones son, ciertamente, muy parciales y rudimentarias. Me hace falta mucho tramo para generar una perspectiva menos ignorante y más rigurosa. En todo caso, creo que mi intención no carece de seriedad y que es importante comenzar a plantear explícitamente ciertos puntos de vista propios.

Con suerte, estaré próximamente presentando un trabajo preliminar basado en estas investigaciones en un círculo de estudiantes de filosofía, al que utilizaré, sin ningún recato, para plantear y comenzar a discutir mis aun inexpertas y limitadas tesis sobre el tema. A continuación dejo la sumilla que he compuesto sobre el pequeño ensayo que pretendo realizar:

CONTRA LA OCIOSIDAD
En busca de una moral cotidiana más responsable

SUMILLA:

Mi intención central es la de rechazar y criticar una perspectiva habitual que -frente a un evento que supone una evidente transgresión ética- adopta una actitud pasiva y simplista, que (básicamente) se reduce a diferenciar entre una representación de ‘lo bueno’ y otra de ‘lo malo’, obviando la densa complejidad que radica en la situación. Así, lo único que logra este punto de vista es escapar a un acercamiento serio al problema, quedando éste alumbrado de la forma más tenue y pobre, con lo que permanecen desatendidos múltiples aspectos de la situación que sería necesario tomar en cuenta para una comprensión más profunda y sincera de ella.

Un ejemplo evidente se daría en las perspectivas usuales frente al evento de la guerra, en donde los simples y ciegos reclamos por la ‘paz’, y las obvias elecciones por uno de los bandos como el portador de la legitimidad moral y jurídica, responden a una actitud ociosa, poco reflexiva e ingenua. Allí, se pasa por alto a la complejidad que reside en el ser humano, que autores como Platón (sobretodo en sus diálogos tardíos), Aristóteles, Nietzsche, Wittgenstein o Gadamer, se habían preocupado en resaltar (pienso aquí en cosas como la conciencia de la multiplicidad de perspectivas a partir de las que podemos comprender las motivaciones de la psicología humana; o en la diversidad de factores que interfieren en la conformación de la identidad de un sujeto; o en la mixtura de elementos contextuales y circunstanciales que forman la perspectiva del mundo de las personas; o en el conflicto entre nuestras perspectivas teóricas y nuestras decisiones prácticas sobre la realidad que está comúnmente implícito y/o explícito en nosotros -que Aristóteles había identificado como la akrasia, y que autores contemporáneos como Davidson o Amélie Rorty siguen resaltando-; o en la falta de consideración por un bienestar del ser humano que no sea simplemente material o pragmático, sino además espiritual o emocional, en donde el bienestar tiene que ver menos con la elección y posesión de bienes, y más con un estado anímico sujeto a innumerables factores que requieren una consideración que va más allá de lo intelectual; etc.). Así mismo, una actitud como la que aquí se denuncia responde a la pasividad que invade a los sujetos que pertenecen a la sociedad tal y como ella se ha conformado actualmente: estamos lejos de ser participantes activos de los problemas públicos que surgen en nuestra comunidad, los pasamos por alto y dejamos a otros la responsabilidad de discutir sobre ellos, de conocerlos, de atenderlos como algo que conforma la sociedad que somos. Ser ‘participantes activos’ supone aquí un acto básico de autoconciencia y de autoconocimiento necesario en cualquier sociedad que pretenda superarse a sí misma.

Me interesa, en especial, examinar (hasta donde den las limitaciones de mis conocimientos sobre el tema) cómo esta actitud afecta la perspectiva que tenemos en nuestra sociedad acerca de la guerra interna que sufrió el país en las décadas del 80 y el 90 (y que algunos, sin falta de razón, declaran que aun no termina). Y me interesa además (nuevamente, no sin limitaciones) investigar cómo tal actitud simplista e irreflexiva es parte nuclear de quienes fueron los actores principales del conflicto interno sufrido, siendo ella una motivación para la serie de actos inhumanos realizados a lo largo del evento. Esto, por supuesto, revela otro aspecto primordial del problema: tal actitud es la semilla de un dogmatismo dañino y condenable que niega a la conciencia de la pluralidad necesaria en nuestras perspectivas morales, y que busca imponer, con rigidez religiosa, el propio punto de vista.

***

(Martín Valdez tiene, en su blog, un post que trata de forma parecida el tema, pero partiendo de un autor sobre el que yo aun me debo declarar muy inexperto: Kant. Pueden chequear ese post aquí.)

domingo, 22 de noviembre de 2009

Censura invisible y sociedad irreflexiva

Estuve leyendo un muy interesante artículo de Ignacio Ramonet titulado ‘Prensa, Poderes y Democracia[1], en el que reflexiona sobre la actual condición de la información que recibimos de los medios de prensa, y cómo la censura ha cobrado un nuevo papel en ese panorama. Me interesa expresar algunas de las reflexiones que me generaron las tesis de Ramonet.

Es importante empezar analizando cómo es que la información funciona hoy en día, es decir, cómo se genera, desde dónde y cómo nos llega. La forma en que se obtiene y se genera información ha cambiado radicalmente en los últimos años; la tecnología ha provocado que la información sea cada vez más abundante y más desordenada, partiendo de múltiples perspectivas y llegando en múltiples formatos. La prensa escrita, la radio y la televisión tienen como apoyo medios tecnológicos que les permiten ser mucho más rápidos: la información nunca para de buscarse, o de generarse. Un caso especial es el de la Internet: no simplemente las páginas de los medios informativos generan información inmediata y abundante, sino además fenómenos como los blogs han permitido que todas y cada una de las personas puedan ser exploradores y generadores de información. Además, opciones como las del Twitter o el Facebook permiten que esa información viaje más rápido que nunca en todas direcciones. La información de hoy es ‘superabundante’, y está en un total descontrol, ya no hay medio posible para poder ordenar los enormes caudales de información que recibimos minuto por minuto. “Están el aire, el agua de los océanos y la información. Nada es más abundante.”[2]

Frente a este panorama, Ramonet se pregunta qué ha pasado con el fenómeno de la censura, aquel que suprimía, amputaba, prohibía y escondía la información que no le era conveniente a algún gobierno o a alguna fuente de poder. Hoy en día, es claro que la información no puede ser reprimida, ya no se la puede controlar, ya no se puede pretender esconder del todo un fragmento de la información que nos llega: para cuando se quiera hacerlo, probablemente la información ya habrá viajado a miles de lugares inalcanzables. ¿Ha desaparecido entonces la censura? ¿Nos libramos al fin de aquel monstruo domador de libertades? Evidentemente, no. Hoy la censura ha cambiado de cara, ha mutado de acuerdo a las nuevas circunstancias: se ha adaptado. El instrumento de control se sumerge en el descontrol, se alía con él: “la censura no funciona hoy suprimiendo, amputando, prohibiendo, cortando. Funciona al contrario: funciona por demasía, por acumulación, por asfixia. ¿Cómo ocultan hoy la información? Por un gran aporte de ésta: la información se oculta porque hay demasiada para consumir, y por tanto, no se percibe la que falta.”[3]

Esto quiere decir que la censura actual es invisible; ya no se te pone en frente para mostrarte todo su poder de dominación, ahora se esconde en el desorden, en la ‘superabundancia’ de información. Frente a una información inconveniente, lo que se hace es generar otra información que distraiga, que haga que la mirada gire repentinamente de rumbo para que lo inconveniente quede olvidado. Esto, por supuesto, nos suena muy familiar a los peruanos y de seguro a toda Latinoamérica. Este tipo de censura, que controla a partir del descontrol, que esconde mientras distrae, toma cuerpo en nuestro contexto en lo que conocemos como ‘cortinas de humo’. Y la pregunta que surge es, por supuesto, la siguiente: ¿es posible controlar a este nuevo tipo de censura?, ¿cómo la controlamos, si está escondida en medio del descontrol de la información?

Se suelen denunciar algunas informaciones de las que se sospecha que son ‘cortinas de humo’, se suele dar la alerta y mostrar la queja indignada. Sin embargo, de uno u otro modo, siempre queda la sensación de que la censura invisible se ha salido con la suya, de que realmente se ha logrado distraer a los medios de comunicación y a la gente, provocando que dirijan su atención hacia otro lugar. ¿Valen de algo, entonces, nuestras quejas, nuestras denuncias? ¿A quién culpamos: a gobernantes o a medios periodísticos? No, el problema, a mi juicio, es mucho más hondo.

Una censura de este tipo confía en algo muy puntual: la sociedad en la que funciona es profundamente distraída e irreflexiva. Quiero decir, una censura invisible, que cambia información por información, funciona tan eficazmente únicamente gracias a que los sujetos a los que se dirige no están en capacidad para reflexionar y participar activamente en los problemas públicos de su comunidad. Estamos (mal) educados de modo que funcionamos con una actitud absolutamente pasiva. No estamos dispuestos a discutir activamente sobre temas políticos, institucionales o éticos que influyen directamente en nuestros modos de vida. Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a, frente a un tema político[4], voltear la cara y afirmar con orgullo que tal cosa no nos interesa, que no opinamos sobre ello porque no estamos dispuestos a darnos tan grande molestia. No tomamos nuestra responsabilidad, no nos comprometemos con la comunidad en la que nos conformamos como los sujetos que somos.

Creo que si fuéramos ciudadanos más dispuestos a participar activamente de los temas públicos que conciernen a nuestra comunidad, estaríamos mucho menos expuestos al nuevo tipo de censura al que se ha hecho mención aquí. Es necesario que formemos ciudadanos más reflexivos, más abiertos a la discusión, al diálogo sobre temas que son parte de nuestra vida en sociedad. Estamos dañados por un serio déficit de atención, por una seria enfermedad del desinterés, del desgano. Ser más reflexivos con lo que nos rodea significa no sólo ser más responsables, sino además ser más concientes de quiénes somos: tener un mejor conocimiento de nosotros mismos, ser más sinceros con nuestra identidad, con nuestra existencia, ser más autónomos. Necesitamos formar ciudadanos que sepan participar activamente y de forma natural en su contexto político -lo cual no significa que todos nos lancemos a la presidencia o al congreso, significa simplemente que estemos concientes de lo que pasa a nuestro alrededor, para discutir sobre ello y con ello, para comprenderlo de un modo íntimo. No podemos simplemente girar la vista y dejar pasar nuestra responsabilidad de entrar en diálogo activo con nosotros mismos.


[1] En ‘La tiranía de la comunicación’, Barcelona: Debate, pp. 33 – 46.
[2] Ibid., p. 43
[3] Ibid., p.42-43
[4] Y aquí entiendo a lo político de un modo muy amplio, no simplemente el campo en el que la organización oficial de un Estado toma decisiones a través de ciertos agentes particulares. Aquí, lo político tiene un sentido, sobretodo, ético: todos participamos de la política en tanto que todos formamos parte de una sociedad organizada bajo ciertos presupuestos que son siempre discutibles desde adentro de la comunidad.